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Jesús, verbo de Dios hecho carne

Breviloquium

Jesús, verbo de Dios hecho carne

1 de enero de 2023



          Leemos en la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchas maneras Dios habló en la antigüedad a nuestros padres por medio de los profetas, y ahora, en este tiempo final, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien también hizo todo cuando existe» (1, 1s). El itinerario de la historia de la salvación llega a su cumbre en la encarnación del Hijo de Dios. Después de su venida a este mundo, no habrá una nueva revelación pública. En otras palabras, Dios nos ha dicho todo en su Hijo Jesucristo. Por ello la Iglesia anuncia gozosa la Buena Nueva de Jesucristo.

          En esta quinta entrega, concluimos las etapas de la historia de la salvación expuestas en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 54-67). Tomamos de San Juan de la Cruz su enseñanza sobre la revelación de Dios en Jesús y la invitación a tener un encuentro personal con Jesús. Todo lo que hemos dicho apunta, finalmente, a este objetivo. Llegamos primero a experimentar la bondad de Dios y luego nos adentramos en su conocimiento.

          San Juan de la Cruz comentando Hebreos 1, 1-2, afirma: «porque [Dios], en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya —que no tiene otra—, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (Subida del Monte Carmelo 2, 22, 3: Madrid, BAC, 1960). Dios Padre, que desde siempre ha hablado al hombre de diversas maneras, en la plenitud de los tiempos, ha enviado a Jesús, su Hijo, como Palabra definitiva: «Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Cuanto queremos saber sobre Dios, Jesús nos lo ha revelado.

          A Felipe le ha dicho: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9). De esta forma, Jesús le dice al apóstol y a todos los que se acercan a Él, que si alguien quiere ver a Dios tiene que verlo a Él. Jesús «es a un tiempo mediador y plenitud de la revelación» (Constitución dogmática Dei Verbum 2).

          Después de la primera alianza que hizo Dios por medio de Moisés en el desierto, el pueblo de Dios cometió muchas infidelidades y transgredió dicha alianza, por eso era necesario que Cristo se convirtiera en «mediador de una nueva alianza» (Hb 9, 15). Y esto porque Dios «no quiere que ninguno perezca, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). El pecado no tiene la última palabra, sino la gracia que Dios siempre dispensa generosamente para toda la humanidad.

          En este sentido, hay que prestar atención a qué voz se presta atención. Hoy como en tiempos de los apóstoles, «hay algunos que los confunden y quieren cambiar el Evangelio de Cristo». Por tal motivo, san Pablo advertía severamente a los cristianos de Galacia: «Y si nosotros o cualquier ángel del cielo les anunciara un Evangelio contrario al que les hemos anunciado, ¡maldito sea!» (Gal 1, 7-9). La preocupación por la salvación que está de por medio, urgía al apóstol al empleo de un lenguaje enérgico y directo. Sabía, pues, que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14), y es muy probable que sin el debido discernimiento, se caiga en sus trampas y se pierda la salvación.

          Con similar ánimo, san Juan de la Cruz amonestaba: «el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no solo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (o. c. 2, 22, 5). Por tanto, hay que prestar toda la atención a la palabra de Jesús tal como nos lo manda Dios: «Este es mi Hijo amado: ¡escúchenlo!» (Mc 9, 7).

          Es voluntad de Dios, entonces, «que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). La carta a los Hebreos expone que Jesús, «por la gracia de Dios, experimentó la muerte en beneficio de todos» (2, 9). A partir de su muerte en cruz, la Iglesia nace de su costado por la sangre y el agua que de él brotan. Ella tendrá la misión encomendada de anunciar a todos los hombres la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y por la gracia del bautismo hacer hijos adoptivos de Dios a quienes crean en Jesús y se conviertan.

          Para concluir esta serie, quiero invitarte, amable lector, a que descubras la presencia de Dios en tu vida. La historia de salvación no es una teoría, es una invitación a descubrir la presencia amorosa de Dios en la propia vida. El Señor quiere establecer una alianza contigo, una relación personal y en comunidad con otros hermanos que también han hecho esta alianza con Dios por medio de Jesús. Abre tu corazón al amor y a la salvación que Dios quiere obrar en ti.

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