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Elección y vocación de Abram

Breviloquium

Elección y vocación de Abram

18 de diciembre de 2022


          El Catecismo de la Iglesia Católica apunta que, «Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abram llamándolo "fuera de su tierra, de su patria y de su casa" (Gn 12,1), para hacer de él "Abraham", es decir, "el padre de una multitud de naciones" (Gn 17,5): "En ti serán benditas todas las naciones de la tierra" (Gn 12,3; cf. Ga 3,8)» (n. 59). La elección de Abraham y su particular vocación son un acontecimiento que marcará un parte aguas en la revelación que Dios hace de sí mismo.

          Si el pecado del hombre había cambiado de bendición a maldición la orientación de la historia, Dios da un nuevo giro, y por medio de un hombre, reorienta el sentido de la historia de maldición a bendición. La bendición que Dios por medio de Abram ofrece, tiene como fin alcanzar a todas las naciones, y de ellas, formar el pueblo de Dios.

          Veamos, en primer lugar, cómo fue la elección de Abram (Gn 12, 1-9). La Sagrada Escritura nos narra que Dios dirige su palabra al patriarca en estos términos: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12, 1). Esta llamada tiene algunas particularidades. De inicio, es una llamada de consecuencias insospechadas, Abram se dirige hacia lo desconocido. Llama, además, la atención la orden repetitiva del verbo «Vete», que puede subrayar la importancia que comporta la acción solicitada. Así mismo, encontramos la idea teológica de que la tierra era un regalo de Dios y no un derecho propio, manifestada en el carácter extranjero de Abram.

          Ahora bien, nos preguntamos ¿por qué Abram? Nos es lejano conocer la mente de Dios, pero la respuesta de Abram nos muestra el acierto de la elección divina. Con esto podemos vislumbrar algunas luces para nuestra historia de salvación propia. Al igual que a Abram, Dios nos llama y espera una respuesta pronta como el patriarca. Dios elige a quien quiere, pero esa llamada nosotros la convertimos en un acierto o en un desacierto de Dios.

          La elección de Abram es descrita como una llamada compuesta de una triple bendición: 1) «de ti haré un gran pueblo, te bendeciré» (Gn 12, 2a); 2) «engrandeceré tu nombre que servirá de bendición» (Gn 12, 2b); y 3) « en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12, 3b). Si notamos, la vocación de Abram apunta a ser universal, pero será como la venida de Jesús que alcanzará dicha plenitud. La bendición en sintonía con Gn 1, 28, equivale a «tener una descendencia numerosa» al mismo tiempo que «ser efectivamente y aparecer ante los demás como objeto del favor de Yahvé» (José Loza, Génesis 12-50. DDB, Bilbao, 2007, p. 11). Por tanto, ser bendecido en Abram será la mejor bendición deseable, la reiteración del verbo «bendecir» cinco veces lo muestra.

          Fruto de la bendición sobre Abram, será el pueblo que surge a partir de él. Inicialmente, este pueblo lo constituían quienes pertenecían a la raza hebrea, pero con la venida de Jesús, esta bendición y esta pertenencia al pueblo de Dios se extiende a todas las naciones. Ya en el libro del Eclesiástico encontramos una idea de esta ampliación de la bendición de Abram: «Por eso Dios le prometió con juramento bendecir a las naciones en su descendencia, multiplicarlo como el polvo de la tierra» (44, 21). San Pablo reconoce esta bendición que se extiende a todos: «La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano a Abrahán: En ti serán bendecidas todas las naciones» (Gal 3, 8).

          A manera de conclusión, reconocemos que en el Antiguo Testamento, la persona de Abram se convierte en ícono de la fe y la obediencia a Dios. «Como la maldición había entrado en el mundo por la desconfianza y la desobediencia, la bendición va a entrar por la fe y la obediencia» (Andrés Ibáñez Arana, Para comprender El libro del Génesis. Verbo Divino, Estella (Navarra), 1999, p. 92). Es, por tanto, un paradigma para comprender la manera en cómo Dios desea que la respuesta de fe sea de cada uno de los que creen en Él. Un paso difícil, ciertamente; pero que vale no solo la vida, sino la vida eterna.

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