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Metafísica, ciencia del ser

Breviloquium

Metafísica, ciencia del ser

22 de mayo de 2022 


          Entre las diferentes ramas de estudio de la filosofía, hay una en especial que Aristóteles clasificó como «filosofía primera»; posteriormente un discípulo suyo, Andrónico de Rodas (s. I a.C.), nombrará los estudios de esa filosofía como «metafísica», debido a que los colocó después de los tratados de la «física». De aquí que el nombre, en su sentido original, tenga que ver con el orden de las obras del Estagirita, más que con algún sentido esotérico, de superación personal o de misticismo.

          Si se quiere, entonces, comprender el término y qué es lo que estudia esta rama de la filosofía, hay que aproximarse, aunque sea a vuelo de águila, al origen de esta disciplina y su quehacer en el ámbito filosófico, datos que podrán justificar, además, su necesidad en el ámbito de la teología cristiana.

          Desde los inicios de la filosofía misma, los diferentes pensadores se preguntaron por el primer principio de todo, el «arjé»; así, los presocráticos pensaban que era algún elemento natural (fuego, tierra, aire o agua), solo Parménides tendrá el acierto de postular que el principio de toda la realidad es el «ser»; posterior a él, los demás pensadores tratarán otros temas, hasta que Aristóteles vuelve a darle la primacía al ser como objeto de estudio de la «filosofía primera» o «metafísica», que considera es la ciencia del ente en cuanto ente.

          Con esto, la metafísica se puede comprender como estudio de las causas y principios últimos; pero esta definición no agota su campo de estudio, puesto que también afirma el Estagirita, es la «ciencia que estudia el ser en tanto que ser y los accidentes propios del ser».

          Para precisar esto último, tomemos como ejemplo a la biología y a la matemática. La biología se interesa por los seres en cuanto seres vivos, así todo lo que esté vivo es de su interés. La matemática, por su lado, le interesará el estudio de los seres en cuanto son cuantificables, no le interesa la materialidad de los seres, sino si se pueden contar. A la metafísica, en cambio, le interesa estudiar al ser en cuanto ser, es decir, no le interesa del ser su materia ni su cantidad, sino su existencia.

          A pesar de las críticas que el estudio de la metafísica recibió por parte del idealismo trascendental, hoy por hoy es posible afirmar que los postulados de la metafísica están siempre presentes y son, de hecho, empleados como presupuestos de cualquier ciencia. Inclusive, cuando se cuestiona la metafísica clásica, se hace desde un discurso metafísico nuevo. Por citar un par de ejemplos, la física recurre a la noción causa, el biólogo a la de finalidad, y de manera general, no hay ciencia que escape al principio de no-contradicción.

          Cuando se abandona el estudio metafísico, se deja de hacer ciencia en un sentido riguroso. Científicos como Einstein o Heisenberg, han escrito ensayos filosóficos después de sus investigaciones, ven la necesidad de indagar más allá del dato meramente positivo. Si se quiere ciencia en sentido estricto, no se dudará en orientar la actividad y conocimientos humanos a la luz de los primeros principios y fin último del hombre.

          Por último, pero no menos importante, tenemos la relación que la metafísica entabla con la teología. Entre estas dos disciplinas se da una reciprocidad muy nutrida, al punto que la fe le da un impulso a la metafísica en el estudio de las verdades últimas del cosmos, el hombre y Dios; al mismo tiempo que la metafísica ayuda a la fe a conocer mejor las realidades de orden sobrenatural, partiendo de un buen conocimiento de las realidades naturales.

          Juan Pablo II afirmaba que «la metafísica es una mediación privilegiada en la búsqueda teológica», y que, una «teología sin un horizonte metafísico no conseguiría ir más allá del análisis de la experiencia religiosa y no permitiría al intellectus fidei expresar con coherencia el valor universal y trascendente de la verdad revelada». Se aprecia en estas palabras, la relación cordial que entre ellas existe, y sin la cual «un pensamiento filosófico que rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para desempeñar un papel de mediación en la comprensión de la Revelación» (Fides et ratio 83).

          Concluyendo este itinerario, es posible tener algunas luces que inviten al estudio de la metafísica filosófica como presupuesto a toda ciencia, y como ciencia necesaria para quienes se dedican al estudio teológico. Al mismo tiempo, reconocer la relación cordial que entre metafísica y teología existe.

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